martes, 4 de marzo de 2008

El último aniversario

La noche del 11 de septiembre del año 2001, faltaban menos de tres horas para que Eloisa y yo cumpliéramos lo que debía ser nuestro último aniversario. No podíamos convivir nuevos años de matrimonio, ya no más tiempos de soledades compartidas. Ahora la intención de cada uno sería terminar con el otro. Con esa idea, todas las noches, Eloisa salía de su iluminado dormitorio viendo hacia todos lados, intentando no tropezar su mirada con la mía; luego entraba a la cocina, quizá para concretar, a través de la mala comida del día, mi muerte. Entonces, yo partía rápidamente rumbo a mi habitación, que era la misma de donde venía ella; revisaba con prisa cada una de las gavetas de su closet, siempre con las ansias de encontrar aunque fuese una prueba que indicara las causas de este fracaso. Uno, dos, cien, dos mil minutos y se repetía la historia. No quedó registro alguno que nos permitiera determinar quién fue el responsable. Se perdieron las cartas mal escritas, los documentos de compromisos y las viejas fotografías. En un pasado, entre los dos, primero fueron los gestos, siguieron las miradas, vinieron las flores, después las promesas, enseguida llegó el amor, luego, entre ella y yo, reinó la computadora; más tarde y por siempre, ni siquiera una máquina fue capaz de revivir nuestras emociones. Fue la ausencia sobre la ausencia, el más allá de las derrotas del día a día. No, por nada en el mundo podríamos permitir nuevos aniversarios. Con esa intención, la noche del 11, salí del cuarto, dispuesto a ponerle final al drama, pero con la angustia de presumir que Eloisa pudiera encontrar la forma mucho antes que yo. Sus pasos de tacón sin ritmo me advirtieron que se acercaba; me detuve con la cautela que me indicaba la conciencia y me escondí detrás de una columna próxima a la cocina y anterior al baño. Al fondo, en algún punto álgido del apartamento, estaría girando, sin rumbo, la cama de los mil y un encuentros. Recuerdo que en ese instante me llamó la atención, como hacía mucho tiempo no me ocurría, el afiche de nuestra boda que en un pasado remoto sirvió para decorar un punto alto de aquella pared. Y sin dudarlo, juré, por la intención del momento ahí revelado, que no esperaría un año más para cerrar el ciclo de nuestros aniversarios. Mi pensamiento fue sorprendido por Eloisa, cuando ella salía de la cocina llevando una extraña sonrisa que simulaba la apoteosis de algún deseo. Sin demora, retrocedí dos pasos. Seguramente, ella pensaba que mujer y hombre nacieron para odiarse, jamás se han comprendido, sólo han vivido para sostener una mentira social que habla de la convivencia entre dos sexos diferentes; pero entre mujer y hombre las diferencias significan odios, nunca entendimientos, como dicen los orientadores de culpas ajenas. Yo, en cambio, hasta hace poco creía que la cuestión era educativa, ni hombres ni mujeres fuimos formados para integrarnos en una relación de ternura, sexo y nobleza. Cultura, sociedad, familia, amigos y los otros, los eternos otros, que día a día vemos pasar para entender que siempre hay mejores que la persona que hoy y aquí nos acompaña. Es allí donde los mejores se asoman en el rostro de nuestra pareja, se disfrazan y nos gritan desde su sonrisa, desde su rutina, y nos engañan arrancándonos frescas simpatías. Luego nos ofenden, diciéndonos que no son ellos, que sólo son antifaces que pretendieron esconder el verdadero rostro de nuestra compañía actual. No más fiestas, el carnaval terminó, los falsos invitados partieron, nos han dejado danzando en solitario ante una áspera rutina. Enmascarada fue que Eloisa tomó asiento en el sofá marrón de la sala; sofá que era marrón porque en un comienzo ambos nos identificamos con el color de la tierra, éramos activistas de la Madre Tierra. Pero Eloisa jamás fue madre, creo que ella pensó que yo no merecía ser padre, cuando en realidad fue su condición de mujer divertida la que no permitió que detuviéramos el paso para que vinieran las hijas y los hijos. Unas, otros y todos los herederos que no vinieron, se burlan ahora desde mi rostro, y se estrellan contra la humanidad de Eloisa. Ella me espera con calma, sentada en el sofá, me ve de frente, con la misma media sonrisa, sólo que ahora una o dos lágrimas bajan de sus ojos; pareciera dispuesta a dialogar o tal vez a enfrentar la situación. Yo voy a su encuentro, con pasos lentos pero ciertamente esperanzados. ¿Será acaso que está dispuesta a rectificar? -me pregunto con los ojos abiertos en dirección a los de ella. Un tiempo presente a punto de perpetuarse, la conjugación de un pasado sólo quedará para contarles relatos a los nietos que algún día sonreirán dispuestos. Eloisa cruza las piernas intentando recuperar su gracia perdida; doy tres pasos atrás, uno adelante, imaginando que retornará el viejo galán. Los hechos indican que nos entenderemos una vez más. De pronto, Eloisa se levanta y, con la mirada hacia el suelo, camina velozmente, sin ritmo y sin paciencia, de nuevo rumbo a la cocina. Yo la sigo, debo seguirla, debo enfrentarla a ver si se trata de una debilidad temporal o de la declaración mortal de esta guerra matrimonialmente suicida. Eloisa entra a la cocina, apaga la luz, me detengo. Gracias a la claridad que viene de adentro, la sombra de ella se refleja en una pared: he ahí su cuerpo sin forma ni fondo, sin alma ni rostro, como luce, sin iluminación. Y en la mano derecha lleva un revolver. Yo lo presentía, Eloisa se hace perseguir para darme el disparo fatal. Yo retrocedo, no puedo morir, ahora menos que he descubierto que sus movimientos de entradas y salidas, a veces disfrazados de lágrimas y otras de sonrisas, simplemente fueron el todo de una gran trampa final. Lo mejor será salir del apartamento y recorrer la plaza buscando alguna idea que me permita volver ante ella, con la muerte en una mano o en algún pensamiento, esa será la suerte definitiva que me permita terminar con su existencia, horas antes de que el reloj anuncie la entrada de ese terrible aniversario que está por llegar. Con esa intención iba caminando en dirección a la puerta, cuando de pronto un disparo detuvo mis pasos y la conjugación de todos mis tiempos. Entonces corrí desesperado hacia el interior de la vivienda, cargando con mi derrota, sin distinguir el pasado de todo lo que estuviera por detonar. Y ahí, en la entrada de la cocina, en el suelo, en medio de la oscuridad, estaba Eloisa; un charco de sangre le bajaba de la cien y le cubría todas las lágrimas, todas las sonrisas.

*Con este relato Edgar Borges quedó de finalista en el concurso Internacional de Relatos de Editorial Grupo Buho de Madrid, hecho que le permitió integrar una antología de narradores que fue publicada en España en 2006.